16 6 / 2010

un día algún día

El mismo recorrido todos los días. Un bus lleno de oficinistas que van todos apretados para llegar justo a tiempo o unos minutos tarde y preparados para el regaño de la mañana. Todos vestidos de negro o en el mejor de los casos de gris. Las mujeres con miradas cansadas y los hombres con la barba de dos días que ya no les aceptan en los trabajos. Las últimas noticias electorales y las personas moviendo sus cabezas de derecha a izquierda o de arriba abajo mostrándoles a sus compañeros de camino que comparten o rechazan la noticia. Todos apurados. Los zapatos sonando rítmicamente contra el piso y teniendo mucho cuidado en no rozar el zapato del vecino, no vaya a ser que le haga perder los treinta minutos que se demoró en dejarlos impecables. Las hormiguitas entrando a los edificios. Pálidos, se esconden del sol, necesitan luz artificial, blanca, el sonido ya imperceptible de un bombillo-zancudo, hipnotizados, entran al ascensor, otra ves lleno, otra ves el roce de los brazos, los olores de jabón y loción que cubren el aroma del cuerpo tibio de las mañanas. Buenos días, qué tal van las cosas. Todo marcha bien, afortunadamente, las cosas muy bien, y a usted. No hay tiempo para responder, ya estamos en el cuatro. Nos vemos por acá. Que tranquilidad uno menos. Cuando se bajarán todos los demás. Ir buscando la tarjeta que abre la puerta de ingreso, en qué bolsillo está. Acá. Pip. Un pasillo, unas paredes azules con formas alargadas de colores y objetos que salen de la cabeza de alguien. Un escritorio, un computador. Diez horas y apenas van diez minutos. Rumores. El movimiento de una oficina que comienza a vibrar. España campeón no el mejor equipo hoy que tenemos a si no yo voy a almorzar andrés que tal si vio no no vi a tiene que verlo porfavor bajamos el volumen no en serio ah Los oficinistas se despiertan y van de un ldo para otro con muchos papeles en la mano las hojas se caen, vuelan por ahí, las recogen y las llevan al escritorio donde tienen que estar. El mio. No. Si. No. Pronto. No encuentran las hojas y las carpetas que dicen andres Quibo Lili. Las formalidades. La isa estúpida en la cara, los bueno modales. La conversación de la noche anterior, los modales, los valores, la moral, un hombre trabajador, un hombre de bien, el cristianismo, la hipocrecia. Sumergirse en los deberes. Deberemos por hora. Una paersona responsable. Inventos para mantener a los oficinistas distraidos y lejos de las ventanas y las botellas de licor. Porque llevar todos los días la misma ropa y las mismas ideas y sobre todo llegar a sentarse todos los días en la misma silla, por veinticinco años, eso es mejor acompañarlo con licor, olvidarse todos los días del día que acabó y del que va a comenzar.

Una fila. Un sanduche de atún por favor. Una niña también haciendo su pedido con esa mirada de un encuentro emocionante con posibilidades infinitas. Rápido no me demoro ya casi pido, si póngale eso o eso da lo mismo, qué pedirá, a seguramente no le gusta la carne, las manos largas que se pegan al vidrio, el lunar de la nariz, los ojos negros y grandes, la piernas largas, las venas moradas en sus manos, son once mil ochocientos. Si si ya va, la sonrisa de ella, ah, era para llevar, un momento. Cuanto tiempo para comprar un sanduche. Le hablo o no le hablo, qué le digo. Sus vueltas señor. Gracias.

La oficina. Solo, con un sanduche y una nueva mujer para querer toda la vida o por dos horas. El cuchicheo vulgar de los oficinistas. La luz blanca.